Comparar para gobernar: Cuba y la construcción del enemigo externo


En un nuevo episodio de la narrativa oficial cubana, Miguel Díaz-Canel volvió a recurrir a la comparación con Estados Unidos para justificar una realidad que resulta cada vez más difícil de disimular: la profunda crisis económica, social y energética que atraviesa la isla.

Durante un reciente Pleno del Partido Comunista, el “presidente” cubano afirmó que “en 65 años Cuba ha logrado resultados sociales que Estados Unidos no tiene”, intentando convertir el deterioro interno en una supuesta superioridad moral frente a Washington. La declaración se produjo mientras el propio gobierno reconoce problemas estructurales que afectan directamente la vida cotidiana de millones de cubanos: apagones prolongados, colapso del transporte, deterioro del sistema sanitario y una escasez persistente de bienes básicos.

La apelación a Estados Unidos como contrapunto no es casual ni novedosa. La figura del enemigo externo ha sido, históricamente, una herramienta central de los regímenes autoritarios para ordenar el relato, cerrar filas internas y desplazar responsabilidades. Cuando los resultados no aparecen, el conflicto se traslada hacia afuera.

Este tipo de discurso cumple una doble función. Por un lado, refuerza la idea de una amenaza permanente que justifica sacrificios, restricciones y postergaciones. Por otro, diluye el debate interno, evitando una discusión profunda sobre la gestión, el modelo económico y la falta de reformas estructurales. En ese marco, la comparación con Estados Unidos opera más como un recurso retórico que como un análisis serio de indicadores sociales, económicos o de libertades.

Las declaraciones del “presidente” cubano se dan además en un contexto de presión externa creciente. Estados Unidos ha endurecido su postura sobre el suministro energético a la isla, incluyendo advertencias económicas a países que colaboren con el envío de petróleo. A esto se suma la fragilidad de los apoyos regionales y una situación energética que continúa agravándose, con impacto directo en la población.

Sin embargo, la insistencia en señalar siempre hacia afuera plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el enemigo externo explica todos los problemas internos? Cuando un gobierno recurre de forma sistemática a esa lógica, corre el riesgo de transformar una narrativa defensiva en un sustituto de la política pública.

Lejos de ser un fenómeno exclusivo de Cuba, este patrón se repite en distintos regímenes alrededor del mundo. El resultado suele ser el mismo: una ciudadanía cada vez más desconectada del discurso oficial y una brecha creciente entre el relato y la realidad.

En ese sentido, más que una comparación con Estados Unidos, las palabras de Díaz-Canel reflejan la persistencia de una estrategia discursiva que busca sostener legitimidad sin ofrecer respuestas concretas. Y cuando el relato se impone sobre los hechos, el costo lo paga, casi siempre, la sociedad.

Foto: Reuters

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