La silenciosa amenaza del picudo rojo en Uruguay


En los últimos meses, técnicos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) y productores locales han encendido las alarmas por la expansión del picudo rojo (Rhynchophorus ferrugineus) en Uruguay. Este escarabajo, originario del sudeste asiático, se ha transformado en una de las plagas más destructivas para las palmeras en todo el mundo, y ahora comienza a mostrar presencia preocupante en nuestro país.

El insecto ataca principalmente a las palmeras datileras, canarias y cocoteros, perforando el tronco y debilitando su estructura interna hasta provocar la muerte del árbol. En lugares como España y Medio Oriente, el impacto ha sido devastador: miles de ejemplares fueron talados en un intento desesperado por contener la plaga.

En Uruguay, las primeras detecciones se realizaron en la costa de Canelones y Maldonado, donde las palmeras forman parte del paisaje urbano y turístico. La particularidad del picudo rojo es que se esconde dentro del tronco, lo que dificulta la detección temprana. Muchas veces, los árboles ya están condenados cuando comienzan a mostrar señales externas como hojas marchitas o caída de la copa.

Desde el MGAP se trabaja en campañas de monitoreo y en la concientización de la población. El principal desafío radica en la prevención, ya que una vez que el insecto se instala resulta casi imposible erradicarlo. En algunos países se han utilizado trampas con feromonas y tratamientos químicos localizados, aunque con resultados variables.

La situación despierta un debate más amplio sobre la vulnerabilidad de los ecosistemas urbanos y rurales frente a plagas globalizadas. El aumento del comercio internacional y el cambio climático facilitan la expansión de especies invasoras que antes parecían lejanas.

Hoy, el picudo rojo es más que una amenaza puntual: es un recordatorio de que Uruguay necesita fortalecer sus sistemas de vigilancia fitosanitaria, invertir en ciencia aplicada y trabajar en coordinación con la ciudadanía. De lo contrario, podríamos perder en pocos años uno de los elementos más característicos del paisaje costero: las palmeras que acompañan a nuestras playas y ciudades.

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